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Autor : Juana Jiménez - Fecha : 22 noviembre 2017

El marco de comunicación, el ring de un orador

Para todos aquellos a los que no les gusta hablar en público o sentarse frente a un periodista, el escenario en el que deben lidiar puede convertirse en un ring. La mayoría de las veces, afortunadamente, esta sensación sólo es psicológica pero no por ello menos importante, ya que la actitud con la que acudes a una convocatoria como ésta marcará las pautas del resultado final. Así que toca ponerse manos a la obra para redecorar ese escenario y convertirlo en un entorno amigable. Y no, no estoy hablando de luces tenues y decoración a nuestro gusto. Me estoy refiriendo a conseguir que la “cita ineludible” se desarrolle en nuestra zona de confort.

Cuando hablamos de comunicación, nuestra zona de confort es nuestro marco de comunicación y no debemos salirnos nunca de él. Es el cuadrilátero en el que se celebra nuestra batalla dialéctica. Debemos crear ese espacio que agrupe por un lado nuestro conocimiento, nuestras experiencias y nuestra información. Con estas herramientas saldremos a la palestra con  la seguridad de que controlamos la materia sobre la que vamos a hablar y con la convicción de que es más que probable que en nuestra exposición somos los que más sabemos del tema que se va a abordar. Este planteamiento nos dará una dosis extra de confianza.

Al dar a conocer nuestro saber y nuestras experiencias debemos ser claros, concisos y transparentes ya que es nuestra responsabilidad que nuestro interlocutor se entere de lo que le estamos contando. Como ya hemos comentado en alguna ocasión en nuestro blog, la responsabilidad de que nuestro interlocutor nos entienda siempre es del emisor del mensaje.

Finalmente, el otro factor determinante del marco de comunicación lo completan nuestros mensajes y palabras clave. Seleccionaremos de forma exhaustiva todos los términos relevantes que queremos utilizar y que sintetizan nuestros mensajes. Con esta metodología nos resultará más fácil recordar todo lo que queremos contar. E igual de importante que lo que queremos decir es lo que no queremos verbalizar. ¿Quién no recuerda a Zapatero en el año 2008 hablando de desaceleración en sus intervenciones públicas y sin dejarse arrastrar cuando la oposición y los periodistas le preguntaban abiertamente por la crisis? Seguramente habría que retroceder mucho en la historia de España para encontrar tantos ejemplos de retórica y metáforas para definir el concepto de crisis económica. Y por si fuera poco, la ministra Salgado le puso la guinda al pastel con los brotes verdes.

Es obvio que no podemos negar la evidencia, ni mentir, pero el castellano es un idioma muy rico y nos permite recurrir a los sinónimos que aportan fuerza y valor a nuestro discurso. En una intervención pública nuestro foco estará totalmente centrado en nuestras palabras clave ya que nuestro único objetivo es lo que tenemos que decir. Sin embargo, en una entrevista o una ronda de preguntas jamás debemos olvidar nuestra batería de palabras prohibidas –todas aquellas que en un determinado contexto tienen connotación negativa- porque es muy probable que alguno de los colegas o periodistas que tenemos enfrente recurra a ellas para meternos en su marco de comunicación.

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