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Autor : Beatriz Ferrín - Fecha : 26 septiembre 2018

“Por trece razones” y la incomunicación

Acabo de terminar la primera temporada de “Por Trece Razones” y estoy impactada. Y no soy la única a juzgar por el número de artículos que Google me devolvió cuando quise indagar más sobre esta serie.  Así me enteré que está basada en el libro de Jay Asher del mismo título, al menos la primera parte, y que la produce la famosa cantante Selena Gómez.

La gran cantidad de temas que “Por Trece Razones” aborda, y la transcendencia de los mismos: suicidio, acoso, ciberbullying, violencia, soledad, miedo, incomunicación…dan para múltiples reflexiones, tan necesarias como controvertidas. Pero como la cabra tira al monte y la deformación profesional me persigue, no es difícil adivinar por dónde se va a mover nuestro post semanal.  La falta de comunicación, de entendimiento más bien, está presente en todos los capítulos que he visto hasta ahora, a pesar de los esfuerzos de algunos de los protagonistas por establecer un diálogo que les permita entender lo que sucede.

Hablamos de incomunicación como falta de entendimiento. Ya sabéis que nosotros pensamos que la no comunicación es imposible porque todo comunica (nuestros gestos, nuestros silencios, nuestras miradas). Sin embargo, eso no significa que emisor y receptor se estén entendiendo. La serie destila soledad en compañía y mucha, muchísima incomunicación, que es el germen que da origen a situaciones terribles. En “Por Trece Razones” hay padres que intentan diálogos estériles con sus hijos, adolescentes que piden a gritos socorro ante sus mayores sin que estos se den cuenta, conversaciones que solo son intercambio de palabras, porque para que haya auténtico diálogo el otro realmente tiene que escuchar y entender.

Esto mismo es trasladable a la comunicación empresarial. Todos podemos nombrar, sin tener que pensarlo mucho, marcas, empresas o instituciones que mantienen auténticos diálogos de besugos con sus clientes, proveedores, inversores o empleados. Empresas que comunican mucho, que lanzan mensajes continuamente a las que sus diferentes públicos objetivos les dan la espalda. No las escuchan.

Me diréis que no les interesan sus mensajes, pero para llegar a esa conclusión previamente tienen que haber escuchado y decidido que, efectivamente, el mensaje no va con ellos, no les aporta información relevante. Esto también sucede, claro. Basta con corregir el tiro y volver a intentarlo, porque hay una escucha y el diálogo es posible. Pero ¿qué falla en los otros casos, en aquellos en los que no somos escuchados por mucho que nos empeñemos en ello? ¿qué falla cuando hablamos el mismo idioma, manejamos los mismos códigos y referencias culturales, temporales, generacionales…? ¿Por qué en “Por Trece Razones” es tan difícil el diálogo incluso entre dos adolescentes (mismos códigos y referencias) que podrían llamarse amigos?  ¿Por qué no hay escucha?

La incomunicación no es un tema que la serie de Neflitx aborde directamente, aunque está presente de forma implícita en cada capítulo. En la serie, no hay soluciones, ni fórmulas mágicas. Al contrario, la desesperanza dirige la trama desde el minuto uno. Es el punto de partida y de meta. Desolador. Los protagonistas sí apelan al diálogo, pero este no es posible. Llega a ser angustioso. Y da para pensar, mucho.

En ocasiones esto también sucede en la comunicación empresarial, se hace imposible el diálogo, el entendimiento, generando auténticos conflictos con repercusión directa en la cuenta de resultados. Cambiamos el mensaje, ajustamos la pertinencia, estudiamos el contexto y nos adaptamos y la situación no varía. No nos escuchan, no hay entendimiento. ¿Os ha pasado? Ahora mismo tengo en la cabeza una empresa del Ibex35 que está atravesando una de estas situaciones. ¿Y si toda esa incomunicación se debiese a una sola causa? ¿Y si la clave está en la confianza? ¿En dar y mostrar confianza? ¿Tenemos que emitir, además de mensajes pertinentes, confianza en nosotros y confianza en quien nos escucha? ¿Qué pensáis?

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