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Autor : Beatriz Ferrín - Fecha : 5 julio 2012

Suma de paradojas

La crisis de los medios y la búsqueda de un nuevo modelo de negocio que haga rentable la producción de información periodística, y subrayamos la palabra periodística, esto es, información de interés, rigurosa, contrastada y contextualizada, se ha convertido en tema de actualidad y debate, ante la previsible inviabilidad del actual sistema. Para explicar esta realidad, encontramos opiniones muy diversas, a veces opuestas, pero entre los denominadores comunes de todas ellas hay uno clave: la información es hoy un bien abundante y de gran consumo. La primera de nuestras paradojas: nos encontramos en un momento ideal para hacer periodismo y en un momento complicado para vivir del periodismo.

No pretendemos desde aquí añadir nuevos análisis o predicciones a los ya hechos por multitud de expertos y conocedores de la materia. Sin embargo, a los que nos dedicamos profesionalmente a la comunicación, muchos de nosotros periodistas de formación y vocación, nos duele lo que está ocurriendo con el oficio de informar, denostado y admirado a partes iguales, casi siempre por razones variopintas que no justifican ni uno ni otro extremo.

Nosotros, que somos grandes consumidores de información, ya que es nuestra herramienta de trabajo, pretendemos, intentamos, ser también facilitadores. Cuando empecé a dedicarme a esto me repetían más que si fuese la canción del verano: “En este país hay tres cosas de las que todo el mundo sabe: de futbol, de vino y de comunicación”. La pasión por las dos primeras explica el presunto “conocimiento” de la mayoría;  en el caso de la comunicación la clave es también simple: cuando hablas, te comunicas (Igual no siempre,  pero ese es otro debate).

Ahora, que parece que ya todos, o casi todos, hemos entendido que lo importante no es comunicar, sino hacerlo correctamente, es decir, dirigirnos a quienes tienen interés en escucharnos, a quienes les importan nuestras cosas. Y hacerlo utilizando su lenguaje, sus códigos y los soportes que les son cercanos, escuchando después lo que tienen que decir sobre lo que les hemos contado.

Ahora, que sabemos que comunicar es también identificar a quien no nos escucha y nos gustaría que lo hiciera, saber que temas podrían resultarles de interés.

Ahora, que parece que la comunicación ha superado la fase de “aficionados” y se ve y entiende como una labor profesional.

Ahora, justo ahora, parece (es solo una apariencia) que la labor periodística pierde cada día peso como profesión para convertirse en afición. No se explica de otro modo que el intercambio de datos (no siempre información) y opiniones que las nuevas tecnologías han puesto a nuestro alcance, y en cantidades inmensas, haya venido a llamarse, mal llamarse, periodismo ciudadano. Ciudadano sí, ¿periodismo? La cercanía, la inmediatez, la reciprocidad de los mensajes, el acceso casi ilimitado a la información que la tecnología ha hecho posible ¿nos ha convertido a todos en periodistas? La respuesta es no.

La configuración analógica de nuestras neuronas, al menos de las mías, no permiten abarcar el enorme volumen de datos y temas que Internet pone a un solo golpe de clic de nosotros cada día. En esta jungla digital, la labor del periodista es más necesaria que nunca. Internet ha cambiado los hábitos a la hora de buscar información, de modo que la experiencia del usuario hoy exige transparencia y compromiso. La demanda de  información de calidad con garantía de credibilidad y  responsabilidad no dejará de crecer. De ahí que los medios tradicionales, en sus versiones online, continúen siendo la principal fuente de información, la más consultada por los internautas. Y también para el resto de portales informativos nacidos en Internet. Es el único sistema de control de calidad generalizado con el que contamos y esto será así, al menos, hasta que los navegadores que utilizamos consigan señalar la información sospechosa o cuestionada, silenciar el ruido.

Un momento ideal para hacer periodismo y pésimo para vivir del periodismo. La empresa periodística está en crisis. El último informe de la consultora Zenith Optimedia calcula una caída del mercado publicitario español del 12% en 2012, que se suma a recortes de años anteriores y deja la inversión en publicidad, hoy, en algo más de la mitad de la que había en 2007, antes de la crisis. El papel pierde anunciantes, pero no es el único, el resto de soportes sufren igualmente, trimestre tras trimestre, recortes en sus ingresos publicitarios. El digital, las versiones on line, solo han conseguido atrapar, de momento, una pequeña parte de la publicidad que huye de los soportes tradicionales.

Uno de cada cuatro norteamericanos consulta las noticias de medios de comunicación a través de dispositivos móviles o tabletas, según el Informe Sobre el Estado de los Medios, publicado recientemente por el Centro Pew de Investigación. La mayor proliferación de este tipo de tecnología estaría contribuyendo al aumento del consumo de información, aunque los medios todavía no se benefician económicamente de ello. Al mismo tiempo, los diarios estadounidenses, pioneros en la transición a Internet, pierden publicidad digital.

Y todo esto nos lleva a la segunda paradoja: La publicidad no quiere estar donde están las noticias más consultadas, las que sirven de fuente y referencia para la mayoría de las conversaciones del mundo digital. ¿Por qué? La paradoja es todavía mayor si tenemos en cuenta que, casi la totalidad de las empresas, por no decir el 100%, prefieren que sus noticias, las que hablan de su empresa, aparezcan en soportes tradicionales. Son capaces de percibir el valor añadido que les reporta (el papel, por ejemplo, es un bien escaso y caro, si mi empresa merece un espacio es porque lo que tengo que decir a mis públicos es importante). ¿Por qué, entonces, unas empresas que ansían que sus públicos (consumidores, accionistas, analistas, instituciones…) lean noticias sobre su quehacer, su identidad, sus productos no quieren que su publicidad se ubique en esos soportes? ¿Es porque han detectado un rechazo del usuario/consumidor? ¿Es porque la publicidad todavía no ha encontrado el formato adecuado, el traje idóneo para ese nuevo cuerpo que se ha visto obligado a vestir? ¿Tendrá que reinventarse como lo están haciendo medios y periodistas?

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