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Autor : Ana Martínez - Fecha : 3 febrero 2016

Tan importante es el contenido como el continente

El éxito en una intervención pública es uno de los retos más habituales a los que nos enfrentamos en nuestro trabajo. Cuando afrontamos un discurso, ya sea para comunicación externa dirigiéndonos a medios; o en términos de comunicación interna para empleados y dirección; tan importante es el contenido como el continente.

Ya comentamos en nuestro post sobre si los portavoces se hacen o nacen, que cuando ejercemos esta función estamos poniendo en juego la reputación y la credibilidad de la entidad a la que pertenecemos.

Por ello, cuando realizamos cursos de formación de portavoces insistimos en que es igual de importante la forma como el fondo, el qué y el cómo. En los últimos años, y gracias al auge de las redes sociales, el contenido se ha convertido en el rey incuestionable. Nos esforzamos en desarrollar los mensajes apropiados, en utilizar las palabras clave adecuadas, trabajamos en Q&A, manejamos varios escenarios comunicacionales en función de posibles crisis y detectamos stakeholders e influyentes a los que tener en cuenta a la hora de poner en práctica nuestra estrategia comunicacional. Y todo este trabajo de campo es elemental, necesario e irreemplazable.

Sin embargo, cuando preparamos formación de portavoces persistimos en recordar que hay que ocuparse con la misma intensidad del continente, de la forma. Es decir, trabajamos con nuestros interlocutores en los aspectos intangibles de la comunicación no verbal. Les recomendamos técnicas para que el tono empleado resulte convincente, identificamos a su audiencia y el modo de conectar con ellos según sus intereses y capacidades, y manejamos los mensajes desde distintos ángulos para que sean percibidos y recordados claramente.

Para los portavoces el contenido y el continente deben estar perfectamente sincronizados. De lo contrario, nos encontramos ante intervenciones en las que el ponente envía mensajes contradictorios: dice una cosa, pero su lenguaje corporal revela algo diferente. Por ello es tan importante trabajarlos de manera conjunta, apoyándonos en herramientas audiovisuales, para que el portavoz pueda ser consciente de su lenguaje corporal: de su expresión facial, su gestualidad y contacto visual, de la modulación de su voz, del ritmo que marca, etc. Solo entonces, cuando interiorizamos que los mensajes deben formar parte de una puesta en escena global, conseguiremos la excelencia comunicacional.

Una intervención pública es una oportunidad magnífica para poner de manifiesto una estrategia empresarial coordinada con todas las áreas de negocio. Dediquémosle pues el valor que merece tanto al discurso como a las acciones.

 

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