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Autor : - Fecha : 17 octubre 2018

La bomba H de la manipulación

El ‘deepfake’ es la evolución natural de los bulos, la mentira hecha arte, la trola que deja el retoque fotográfico a la altura de un ejercicio de parvulario (o de un trabajo de fin de máster o de una tesis, ya que estamos).

Para los que no estén familiarizados con el término, diremos que el ‘deepfake’ es un vídeo protagonizado por un personaje creado por potentes programas digitales. Estos programas recolectan en Internet miles de fotos de una persona –por eso los famosos son más sensibles a ellos- y las acoplan entre sí para crear una especie de holograma en 3D que se puede manejar casi a total discreción.

El vídeo que dio carta de naturaleza al ‘deepfake’ estaba protagonizado por Barack Obama, pero muchas otras celebridades han visto aparecer avatares en los lugares más insospechados. Los resultados, de una veracidad inquietante, prometen llevar la manipulación a niveles estratosféricos ya que si las fotos retocadas son potentes armas de subversión, los vídeos falsos pueden ser la bomba de hidrógeno de la propaganda.

El temor que ha generado la aparición del ‘deepfake’ se puede medir por la cantidad de artículos que se han escrito al respecto. Por el momento (que sepamos), esta pirotecnia usurpadora se ha limitado en gran medida a sustituir la cara de estrellas porno por la de famosos, o a situar al actor Nicholas Cage en filmes de todo pelaje. En España, son bien conocidos las creaciones satíricas del colectivo United Unknown.

Hoy por hoy, la detección de los vídeos de pega es relativamente fácil, pero el virtuosismo técnico promete hacer en pocos años prácticamente indistinguible una secuencia real de una trucada. Sin embargo, no habrá que esperar a que llegue ese futuro para ver a multitud de personas caer en la trampa de dar por válido un montaje audiovisual que llega por un canal presuntamente confiable (por ejemplo, el grupo de whatsapp de familia o amigos).

Si se popularizan las herramientas y se mejoran sus prestaciones debemos prepararnos para una avalancha vídeos y audios en los que personajes públicos, en especial políticos, se comportarán de una forma desconcertante y muy contraria a la imagen que teníamos de ellos. Dada la facilidad para “cocinar” este tipo de contenidos, no se puede descartar que muchas personas asuman que todo mensaje procedente de un intermediario puede ser un montaje. En esta presunción de falsedad hacia todo lo que no sea experiencia personal directa afectaría a todos los canales aunque, paradójicamente, quizá de manera más severa a los contenidos que circulan libremente y sin autoría conocida por Internet.

En cualquier caso, el despegue del ‘deepfake’ refuerza la idea de que el mundo requiere cada vez más cultura digital. Asimismo, tampoco hay que menospreciar el papel de los medios de comunicación de prestigio, cuyos periodistas contrastan la información y chequean sus fuentes. Esta afirmación, sin embargo, levanta ampollas en los foros de internet, donde muchos afirman tener serias sospechas sobre la profesionalidad e imparcialidad de los llamados medios tradicionales. Ciertamente, decisiones como la del New York Times de publicar un editorial anónimo contra la administración Trump alimentan el debate sobre la ética periodística. Debates aparte, lo que parece claro es que estamos abocados a un escenario de sobreabundancia informativa en el que cada vez será más necesario cultivar nuestro espíritu crítico.

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Categoría: Periodismo

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