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Autor : Ana Martínez - Fecha : 3 noviembre 2014

El pequeño Nicolás y la marca España

Que la historia del pequeño Nicolás haya llegado a las páginas del New York Times convertida en ejemplo de cómo se hacen las cosas en nuestro país es una malísima noticia para la marca España.

El artículo del corresponsal Raphael Minder  recoge la “incredulidad” generalizada de la sociedad española por cómo un “estudiante con cara de niño” pudo llevar una doble vida entre la élite española. Al margen del debate sobre fallos de seguridad, lo que llama la atención del diario estadounidense es la importancia de las conexiones personales en el establishment español, para acceder a altos cargos políticos y empresariales.

Lamentablemente, el caso nos retrata como sociedad, al menos a una parte importante de la misma, poniendo  en evidencia, una vez más, lo lejos que estamos de ser un país moderno sustentado por valores y principios que recompensen el esfuerzo y el talento. Lo peor de este asunto que debería causarnos el mismo rubor e indignación que los cientos de casos de corrupción que llenan las páginas de los periódicos día sí y día también, es que nos parece hasta gracioso. El pequeño Nicolás es un crack, un tío muy listo que consiguió engañar a unos cuantos poderosos y a otros tantos ambiciosos.

Seguimos viviendo en un país donde se premia a los aduladores y se castiga el sentido crítico y la disidencia, donde se abren las puertas de par en par a los “conseguidores” mientras que el talento real tiene que cruzar fronteras en busca de lugares donde se le valore. Porque Nicolás, con sus 20 años y con esa cara de no haber roto un plato, certifica lo que todos sabíamos: que en este país, vale más un buen contacto que un buen currículum.

En mayo del año pasado escribimos un post titulado Falla la comunicación interna de la marca España, Un análisis desde el prisma de la comunicación interna en el que valorábamos qué medidas tomar para mejorar la marca España desde dentro: empezando por crear cultura y sentido de la permanencia, fomentar confianza y mejorar la organización. Una estrategia de coherencia.

Y está claro que no hemos hecho los deberes. Según el último informe del CIS, la corrupción política y el fraude son las principales preocupaciones de los españoles. Al menos una constatación firme de que la sociedad está cansada de presenciar en directo la parodia nacional, en la que el poder del selfie es un reflejo de la miseria de los valores que imperan.

Seguimos jugando a ser el Lazarillo de Tormes, el pícaro del cuento en el que los pequeños Nicolás de hoy se convierten en las tarjetas black del mañana. Y lo peor de todo es que en España muchos se mueven como Nicolás, y como premio consiguen un puesto en un consejo de administración o un ascenso sin méritos que lo avalen. Para otras opciones mejor nos vamos a Alemania y, desde allí, el talento exportado podrá hacer algo por la marchita marca España. Si es que le quedan ganas.

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