Los otros virus

Hablemos de los otros virus. Muy a menudo la vida nos parece insustancial y monótona. Es fácil culpar de ello a la rutina: ese amplio concepto en el que vertemos gran parte de nuestras insatisfacciones en un acto de elusión de la responsabilidad, de haberla elegido y aceptado.

Pero no nos engañemos. La rutina no es tan mala; si tan terrible fuera la hubiéramos abandonado hace ya bastante tiempo. Me explico: para muchas personas la rutina es el gel desinfectante con el que se lavan las manos todos los días. De esta manera repelen algo que temen y tratan como si de un virus se tratara: el auténtico yo.

El día a día nos invade, da motivos para quejarnos, comentar, proporciona situaciones de todo tipo, estresa, aliena, cansa, pero sobre todo… nos anestesia. Es frecuente escuchar protestas del tipo: “No tengo tiempo para nada, es que el trabajo me come, llego a casa y no tengo fuerzas ni para pensar…”. Y ahí está el problema y para muchos la solución. No nos comunicamos con el individuo que hay dentro de nosotros. Le hemos abandonado (intencionadamente o no), pero mucho cuidado porque sigue ahí, dormido, agazapado, desterrado… pero a pesar de todo, vivo.

Enfrentarme al verdadero yo

Durante estos días de confinamiento por causa del Coronavirus, me he dado cuenta de que lo realmente complicado de estos momentos, no es el hecho en sí de no salir o de no poder ir a trabajar junto con la imposibilidad de acudir a lugares de ocio dentro del tiempo reglamentario. Lo difícil, por lo menos para mí, ha sido encontrarme de repente fuera de la rutina habitual y gestionar el horror vacui o miedo al vacío que nos provoca la ausencia imprevista de nuestra cotidianeidad.

Los otros virus

Una vez que me he encontrado en medio de esta irreconocible ciudad de calles desiertas, no me ha quedado más remedio que enfrentarme al verdadero yo. Ese que reside en mi interior, amordazado por la vorágine, y comunicarme con él. Sin avisar, se asoma y me pregunta: ¿Cómo estás?, ¿Hacia dónde te diriges?, ¿Quién narices eres tú?

Y es que sostener la mirada al ser humano, (no al oficinista, ni al barrendero, ni a la empresaria, y si me apuran ni al padre, a la madre o al compañero o compañera, ni a ninguno de los roles que suelen solaparnos), en definitiva, mirar a los ojos a la persona que nos escruta implacable desde el espejo del dormitorio (el del baño también vale), puede resultar un ejercicio tan duro como antiséptico.

Preguntas incómodas

Porque si la rutina es un gel desinfectante que repele al autentico yo, el ejercicio que os sugiero que hagáis a continuación, hecho con honestidad, es una auténtica vacuna, un remedio que reforzará vuestro sistema inmunitario y os salvará de los virus del engaño y la huida que, si bien no nos matan en el sentido físico del término, nos transforman en muertos vivientes.

No tardéis en realizarlo, antes de que nuestra tendencia natural de buscar nebulosas en las que vivir atontados (comienza por alejar el móvil de ti), haga que incluyamos rápidamente nuevas costumbres que mantengan la mente ocupada, impidiendo que nos hagamos preguntas incómodas.

Aciertos y errores

Los otros virusNo hay nada que me resulte más cansino que una persona dogmática, es decir, aquella que trata de inculcar sus verdades absolutas a todo ente pensante que circule por sus alrededores. Por eso te voy a contar a ti, que estas al otro lado de la pantalla, sin más finalidad que compartir mi experiencia, cual ha sido el resultado de permitir a mi yo verdadero que se manifestara a tumba abierta y sin medias tintas.

Ha sido un proceso muy simple: en primer lugar, he escrito un resumen de mi vida. Para no perderme en tonterías he limitado el espacio de mis letras a la superficie de un Post-it. De esa manera he conseguido recoger en él solamente los errores y los aciertos que resultaron realmente trascendentes en aquella. Después, lo he leído en alto. Finalmente, he llegado a la siguiente conclusión: Aunque con frecuencia mi caminar por la tierra pueda parecerme insustancial y rutinario, si miro hacia atrás y esbozo, aunque solo sea una medio sonrisa y experimento cierto asombro, significará dos cosas: una, que todavía sigo aquí —con la que está cayendo, sólo por ello, por lo que se me ha dado y por lo que he dejado atrás, me siento agradecido— y otra, que he leído la versión abreviada de mi vida y parece que tampoco me ha ido tan mal.

Si cuando lo hagas tú, el resultado no ha sido como mínimo éste, reflexiona y actúa. Porque, como decía mi abuela, estamos aquí de prestado. Cuánta razón tenía.

 

Los otros virusPost escrito por Eduardo Bieger Vera: Escritor y profesor de creación literaria ha publicado recientemente “El emocionario. Cuentos sobre nosotros” (Kolima Books, 2019). Su primera novela, “Anatomía de un hombre pez” (Verbum, 2016) obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Novelas Ejemplares.

 

Dédalo
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