Lenguaje inclusivo, ¿sí o no? (Parte I)

El debate sobre el lenguaje inclusivo es una realidad. La polémica venia fraguándose desde hacía ya años, pero en España se desató con el informe encargado por la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo en julio de 2018, en el que solicitaba a la RAE que estudiase la posibilidad e idoneidad de modificar la Constitución para introducir un lenguaje más feminista.

En Dédalo reflexionamos sobre los dos puntos de vista enfrentados. Nuestras compañeras, Marina Zamarreño y Ana Martínez, debaten en dos post consecutivos acerca de la batalla simbólica de la lengua. Dos generaciones, dos criterios.

La absurdez del lenguaje inclusivo

 “Contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido. Extravagante, irregular. Chocante, contradictorio. Dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado”. Así define el Diccionario de la lengua española de la Real Academia el adjetivo absurdo, un adjetivo que, como comprobarás si sigues leyendo, se ajusta como anillo al dedo a la postura activista sobre el lenguaje inclusivo.

 Como ya se ha comentado en la introducción, el debate se enardeció con la posibilidad de introducir un lenguaje más feminista en la Constitución, pero ¿qué es el lenguaje feminista? ¿Un lenguaje integrador, que no deja fuera del discurso a la mitad de la población? ¿O una sucesión artificial de desdobles de género gramatical que solo utilizan los políticos y tres señoras muy convencidas? Yo apuesto por la integración, claro que sí, a feminista no me gana nadie, pero sin decir cosas raras.

La RAE no es machista

Así que en este debate defenderé la postura sensata —la buena, señora— porque sexistas y machistas son los hablantes, y no la lengua ni sus instituciones. La RAE no es machista y el español no es machista. Machista es Fermín, que no ha puesto una lavadora en su vida. Machista es Luciana, que no quiere que su hijo estudie Magisterio de Educación Infantil, porque esas cosas son de chicas. Machista eres tú, que ves en un adjetivo neutro un ataque contra tu identidad femenina. La RAE no es prescriptiva sino descriptiva: tan solo documenta el uso de las palabras que hacemos los hablantes. Y esto ya te lo expliqué en este otro artículo del blog.

El masculino genérico es inclusivo

Por eso, el masculino genérico es inclusivo, porque así lo utilizamos la gran mayoría según la conciencia lingüística de los hispanohablantes y conforme a la estructura gramatical y léxica de las 6 lenguas románicas (RAE). ¿Quién dice los alumnos y las alumnas, los trabajadores y las trabajadoras, los ciudadanos y las ciudadanas? Ibarretxe, Zapatero e Irene Montero. Poco más. ¿Y quién dice les trabajadores, les alumnes o les ciudadanes? Pues nadie. Porque esto lo escriben cuatro motivados en Twitter, pero ya te digo yo que cuando hablan no lo dicen ni de broma.

El lenguaje sí es una herramienta

Y mira, si tú lo que quieres es que se note muchísimo tu compromiso con el avance de la mujer en la sociedad cuando hablas, puedes hacerlo sin vulnerar el principio de la economía del lenguaje y sin decir cosas raras. En lugar de los alumnos, pues di el alumnado; y en lugar de los trabajadores y los ciudadanos, di la plantilla y la ciudadanía. Porque, en palabras de Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española: “Tenemos una lengua hermosa y precisa. ¿Por qué estropearla con el lenguaje inclusivo?”.

Y es que el lenguaje es una herramienta, por supuesto, para combatir la desigualdad entre hombres y mujeres y para cambiar y moldear el pensamiento individual y colectivo. Pero para ser feminista no hace falta intervenir de manera artificial en el español ni pretender que los demás hablen como a ti te parece.

El lenguaje inclusivo es una moda

El lenguaje inclusivo, más que una moda, es un cronolecto. Como te explicaba en este artículo, un cronolecto tiene que ver con cómo habla una generación. Igual que en los 80 hacíamos piña y conciencia de grupo diciendo “me voy a mi keli a tomar unas birras con la vasca”, pues hoy se utiliza el —mal llamado— lenguaje inclusivo para posicionarse políticamente en el activismo progresista.

Pero pasará. En cuanto se diluya el interés mediático la gente dejará de utilizarlo, porque es artificial. Quedarán algunos fósiles en el Boletín Oficial del Estado y en el diario de sesiones del Congreso de estos tiempos en los que nos ha tocado vivir. Y ya está.

Por eso, y volviendo a la polémica sobre la Constitución, no creo que tengamos que modificar un texto con vocación atemporal atendiendo a criterios del ahora. Lo suyo es que los españoles de 2053 se sientan igual de representados por nuestra Carta Magna que los que la votaron en 1978 y, a mi entender, intervenir en el texto para introducir marcas claras de una época no contribuye a ello.

Pero bueno, para gustos se hicieron los colores, y por suerte, las diferencias de criterio. Por eso te animo a que, antes de posicionarte respecto al lenguaje inclusivo, ¿sí o no?, leas el próximo post de mi compañera Ana Martínez.

Marina Zamarreño
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